Mil gracias a Fernando P. León por el siguiente comentario sobre “El lamento del océano”:

 

 

EL MITO COMO LIBERACIÓN. 

Con la obra “El lamento del océano” Victoria Francés retorna a la línea ilustradora con la que se hizo internacionalmente conocida, esto es, el cuento ilustrado y figurativo.

Dicho lo cual, este retorno no significa que la autora dé un paso atrás en su producción, sino que viene a completar la búsqueda de sus propios modos de expresión, llevándolos más cerca de su límite. Esto, que podría interpretarse sin duda como una reivindicación personal de estilo, es tan sólo una muestra más de la libertad creativa y la coherencia inherente a la idea de unidad que la autora otorga a la totalidad de su bibliografía.

En “El lamento del océano” volvemos a encontrar todos los elementos que impregnan el resto de obras de Victoria Francés: la perdición, la soledad, la enfermedad, la atracción y la repulsa que causa lo extraño, la belleza, el amor, el sufrimiento y la muerte. La ilustradora se vale esta vez del mito de la sirena y la vastedad del océano, para crear una historia en la que la idea fundamental queda sugerida, mientras que una lectura convencional puede dar lugar a incurrir en el error de pensar que se trate de una adaptación al uso del cuento de H. Andersen. Nada más lejos de la realidad. La piedra angular del argumento de “El lamento del océano” no es la criatura mitológica, ni tan siquiera la historia de amor entre los personajes, sino el sacrificio y la valentía que representa ser capaz de aproximarse a alguien que sea diferente, de ajena naturaleza y de cómo la posterior derrota del débil, en el fondo es una victoria, pues simboliza la salvación de lo humano.

El joven Zachary salta desesperado al mar en mitad de la noche y de un barco a la deriva. Bien puede significar este personaje el recuerdo, como su propio nombre indica: el recuerdo de un Dios. Quizá el recuerdo del primer amor, el recuerdo de una primera juventud, el recuerdo de una primera desesperación. El encuentro de ambas naturalezas, la humana enferma y la mitológica sorprendida. La cercanía de la muerte entre ambas; el encuentro de la realidad y la imaginación, quizá, de la realidad y del arte, de lo eternamente femenino. Hay una lámina clave en el libro, la sirena bajo el mar, desnuda,  sujetando y encumbrando al joven, vestido, para que no se ahogue.

Y es que el mar, el océano, es el protagonista implícito de un libro en el que el significado, empero, pasará desapercibido para el lector más desatento, por estar sugerido ya desde el título, revelándose tan sólo al final, ardiente y puro, sobre la inmensidad oscura de la noche. Los mitos condensan las realidades humanas para hacerlas universales, baste recordar las palabras de Shelley: “Los poetas son los ignorados legisladores de la Humanidad”. Por eso la sirena, el joven y el océano, no son sólo la sirena, el joven y el océano, sino aquello que sepamos ver; en el caso de Victoria Francés, una liberación, por un lado, artística y, por el otro, inmensamente humana.

Fernando José Palacios León

Bamberg, enero 2013.